Irse de vacaciones a los años 80

Me gustaría pasar unas vacaciones en los 70 u 80. Irme definitivamente no, claro, me refiero, como decía, a realizar simplemente un viaje temporal para después regresar al presente. Un viaje a esa época de la niñez plagada de buenos recuerdos, ingenuidad y buen rollo. Pensar en esa época, para mí, es abstraerme y viajar a una zona cálida y confortable. Cada cual tendrá unas experiencias distintas, pero seguro que muchos comparten algunas de las mías. Coleccionar cromos, pegatinas, monedas, sellos, chapas, latas o llaveros; excursiones en bici; vacaciones en camping con la familia; bocadillos de Nocilla; flashes congelados de sabores; juegos de mesa de MB; puffs de bolitas de corcho; suelos enmoquetados… En definitiva, un momento de la vida en el que todo lo bueno era posible como en una edulcorada canción de Lesley Gore.

Como a mí, seguro que le sucede a más de uno de los nacidos en los 70. Los niños de esa época ahora toman decisiones… crean, y también copian y pegan. De manera que no es extraño que se recreen elementos de aquella época en la cual, esos niños, ahora adultos, pasaron sus momentos más dulces.

Este hecho tan sencillo para mí explica el funcionamiento de determinadas modas o corrientes. Vuelve el diseño de la décadas anteriores, vuelven antiguas corrientes que vuelven a estar de actualidad. Vuelve, vuelve, vuelve. La vida es cambio y atraviesa ciclos, al igual que el mundo da vueltas alrededor de su propio eje.

Jorgito

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Jordi Évole, fenómeno televisivo

A la gente le gusta tomar el todo por la parte. Jordi Évole ha conseguido algunas buenas entrevistas y denunciar situaciones, el individuo tiene una gran habilidad, pues consigue sacar declaraciones comprometidas, cuando sus colegas sólo consiguen que les manden a tomar por donde amargan los pepinos (como le pasó a Luis del Olmo con Santiago Carrillo).

Ahora bien, las luces suelen ir acompañadas de sombras. Es como el día y la noche, no suele existir el uno sin el otro. Los trabajos audiovisuales de Évole no están exentos de sus sombras. Sus reportajes están, por ejemplo, enfocados hacia temas o personajes que interesen a la audiencia, pero siempre de una manera polarizada. Es decir, que no buscan sus documentos una “visión neutra” o arrojar luz sobre un tema, sino persuadir al espectador de aquello que ellos (Jordi Évole y su equipo) piensan. En ese proceso necesario, de selección y descarte de información, Jordi es complaciente con los suyos (como lo fue sentado en el sofá de la abuela de Artur Mas), y crítico con los otros. Por ejemplo, suele recurrir a Valencia para señalar lo malo (que por supuesto lo hay), utilizando información sesgada, basada en opiniones o testimonios sin contrastar, como cuando dio a entender que La Ciudad de las Artes y las Ciencias era un proyecto del Partido Popular o que Mercadona era el único supermercado que prefería tirar la comida antes de donarla a organizaciones benéficas. Información falsa y fácilmente contrastable, pero que desvirtuaría la intención de su autor. En ese mismo programa sobre alimentación, en el que dio a entender que Mercadona era una empresa perversa y despiadada, se marchó a Tarragona cuando quiso hablar de naranjas, con una actitud totalmente diferente, pero esto se entiende porque en Valencia no hay naranjas, ¿no? Lo bueno es para Cataluña, y a Valencia a sacar siempre las vergüenzas. También utiliza un formato demasiado corto, en el que no suele recoger el problema o asunto con el suficiente rigor y puntos de vista. Sin embargo, como casi no hay periodismo de investigación la gente le aplaude con las orejas. Todo lo dicho no quita para siga considerando a Évole, con su programa “Salvados”, un personaje muy atractivo, y hasta necesario en el panorama actual, pero creo que se ensalza al personaje de forma desproporcionada por muy fenómeno televisivo que sea. Al pan, pan, y al vino, vino.

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El país de las furgonetas blancas

Se han fijado en la cantidad de furgonetas blancas y sin rotular que hay en España. Al menos en la zona de Levante, la proporción resulta alarmante. ¿Por qué no identificar un negocio con una imagen? ¿Para qué se utilizan esas furgonetas? ¿Son de autónomos? ¿Gente que se busca la vida haciendo esto y lo otro? Quizás hay una razón de fondo para este fenómeno de las furgonetas blancas.

Muchos levantarán el dedo para señalar a aquellos que no pagan impuestos y trabajan regularmente de manera irregular. Eso lo entiendo, pues no es solidario. Pero me resulta hilarante que se hable de dinero negro y  economía sumergida, sin prestar atención a la cantidad de zancadillas que pone el Estado y la Administración, a todo lo que no es Estado y Administración.

La miopía de este Gobierno es elefantiásica ante la realidad económica de una gran parte de sus ciudadanos. Que por cierto… ahora no recuerdo bien cuáles son los bienes que produce la Administración… ¿De qué industria estamos hablando? Claro, son “servicios”. Servicios muy importantes, eso es incontestable, como son la educación y la sanidad. Pero, hay muchas otras partidas que no son esenciales, de hecho son bastante prescindibles. Lo cierto, es que ningún beneficio económico se obtiene de éste (el sector público) para poder pagar a los chófer de los altos cargos, las jornadas reducidas de los funcionarios o las mariscadas de los sindicatos. Es un gasto. Y ese gasto se paga con los impuestos que pagamos los que no pertenecemos a la administración, y los que pagarán nuestros descendientes.

Hay miles de personas que por diferentes motivos se ven en la situación de trabajar como freelance o trabajadores autónomos, en un contexto socio-económico adverso como el actual, pero eso no quita la ilusión de emprender proyectos personales arriesgando nuestro tiempo y dinero para luchar por una idea, un proyecto… una empresa en la que creemos.

Hay que dejar de poner palos en la rueda a los que quieren ganarse la vida emprendiendo una actividad. Los comienzos suelen ser difíciles, precisamente por eso, porque se está empezando. Hay que pelear en el mercado pues la competencia en casi cualquier actividad es mucha, los gastos también son muchos, y los ingresos… normalmente ninguno. Por eso, no se entiende que el gobierno recaude un impuesto tan torpe a un colectivo olvidado y desamparado (por la ausencia de derecho al subsidio como disfrutan el resto de trabajadores). Un sector que aúna muchas pequeñas voces siempre silenciadas por las complacientes multinacionales y grandes empresas donde trabajan esos agradecidos sindicalistas que luchan por los derechos de los trabajadores (los suyos normalmente) aunque trabajan poco, y donde terminan trabajando buena parte de esos políticos a los que les gusta más una cámara  de televisión que a un tonto un lápiz.

Pues bien, señores del Gobierno, en Francia, por ejemplo, no se paga la cuota de autónomo durante el primer año. Y el segundo se paga un porcentaje si han habido beneficios. En Alemania se paga una cuota que es casi la mitad que aquí, pero sólo si superas una cantidad de unos 1.700€. En Inglaterra también va en función de la facturación, por lo que se puede llegar a pagar una cuota realmente baja en el caso de que los ingresos también lo sean. En Portugal y en Italia el porcentaje que se paga es más alto, en torno al 20%, pero también es un porcentaje.

En España no es un porcentaje. En España la cuota de autónomos de 2014 para la base mínima de cotización es de 261,83€ mensuales. ¿Cómo… 261,83€ de cuota mínima para alguien que está empezando y que quizás no tiene ningún ingreso, en un país devastado por las deudas, la corrupción, y unas tasas de desempleo de casi el 26%? ¿No sería más lógico que en el lugar de una cantidad fija, independientemente de si hay o no ingresos, se pagará un porcentaje por los ingresos obtenidos, y en función de ese porcentaje se tuviera también derecho a una prestación por desempleo como los trabajadores por cuenta ajena? Quizás deberíamos ser un poco más consecuentes antes de hablar despectivamente de la economía sumergida. Sí, tenemos un país de pícaros y furgonetas blancas, pero obedece a una lógica aplastante del tipo causa-efecto.

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El prisma de la negatividad

La vida nos trae sorpresas. Unas buenas, otras malas y otras son simplemente sorpresa. A veces nos instalamos en una dinámica de pensamiento negativo provocada por los acontecimientos desfavorables de nuestro entorno. Esta dinámica no es fácil de cambiar si no somos conscientes de que estamos pensando y actuando así. Es decir, que pasamos por el prisma de la negatividad todo lo que nos sucede -o sucede en nuestro entorno-, y de esa manera todo lo vemos negativo.

Para salir de esta dinámica, tan poco constructiva, es importante ser consciente de que esa actitud puede crear un círculo vicioso del que no somos capaces de salir. No lo intentamos con la suficiente ilusión porque pensamos que nuestros esfuerzos no pueden cambiar las cosas.

Pensamiento equivocado. Las cosas se pueden cambiar. Es posible dejar atrás los problemas. Casi todo se puede hacer con ilusión. De hecho éstos -los problemas- quedarán atrás, en cualquier caso, queramos o no, con el paso del tiempo. Así que… ¿por qué no cambiar nuestra actitud? Ya sé que quizás este nuevo tren en el que nos hemos subido nos lleva en una dirección que nosotros no queríamos, pero ya que estamos… ¿no es mejor disfrutar del viaje?

Cambiemos de actitud. Empecemos a ser capaces de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Miremos las cosas con optimismo, y si no… como mínimo… con sentido del humor.

Alegrémonos porque nos devuelven el dinero del boleto de lotería. O porque de repente se abre una caja en el súper y ya no estamos al final de la cola, sino los primeros. Regalémosle una sonrisa a la cajera o cajero. Quizás esta persona sonría también al próximo de la cola, y esta persona se vaya también a casa con una sonrisa, y cuando llegue su familia se alegre aún más de verle y se extiendan todas esas sonrisas de forma exponencial.

Alegrémonos porque hace frío, pero salió un día soleado.  Porque en la radio pusieron esa canción roquera que nos motiva. Porque aunque las cosas están complicadas podemos pasar unos días de fiesta con familiares y amigos… y luego, después de estas fechas… sigamos buscando esas pequeñas excusas cotidianas para esbozar una sonrisa.

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Volver a escribir

Este humonkey ha decidido volver a escribir como catarsis para poder dejar atrás las preocupaciones y afrontar una nueva etapa con nuevos proyectos y energía renovada.

En este momento lo que escriba es casi lo de menos, pues es el hecho de escribir, lo que realmente necesito como vehículo para canalizar mis pensamientos.

Hace dos años y medio, tras el cierre de la empresa familiar, decidí en un primer momento volver a escribir, aunque abandoné el proyecto por falta de recursos (tiempo y dinero). En esos primeros días, antes de cambiar de idea, me puse a escribir una especie de guión o novela corta. La escribí casi del tirón, como nunca antes recuerdo haber escrito. No sé si tuve un primer borrador en uno o dos días, y luego me dediqué a hacer y a deshacer… en definitiva de eso se trata el proceso de escritura. Aunque es aconsejable utilizar más el lápiz que la goma, para evitar el riesgo de desvirtuar la historia constantemente.

De manera que ahora, con menos pelo en la cabeza y cada vez más canas en la barba, voy a dejar que los enanitos grises de mi cabeza se pongan a trabajar y si son generosos, que me obsequien con algo digno de leer por mis semejantes.

Creo que voy a volver a leer ese borrador de novela y ver si le puedo terminar de dar forma. Lo curioso es que me enseñaron a escribir un guión a partir de una idea, y progresivamente ir creando sinopsis, escaletas, diálogos y demás, y aquí empecé a escribir con la estructura casi definida y los diálogos acompañando a las escenas desde el primer momento. Veamos si pese a lo heterodoxo del arranque puede salir algo redondo e interesante.

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La Lengua de Shakespeare

Que no haya mal interpretaciones, estoy orgulloso de mi lengua. El castellano o español goza afortunadamente, por su historia y actual representación, de una merecida reputación como lengua, alrededor del mundo. Pero, es que, al mismo tiempo, no puedo dejar de reconocer mi pasión por la lengua de Shakespeare.

Una de las dificultades que entraña el conocimiento de una nueva lengua, es el uso de los determinantes. Saber si el substantivo al que acompaña el artículo es de género femenino, masculino o neutro, sólo es posible a través del estudio exhaustivo o de la experiencia en el uso de una lengua. Como sucede por ejemplo, cuando un castellanoparlante estudia la lengua alemana (con sus dichosos artículos der, die y das). Con nuestra lengua materna no somos conscientes de lo complicado que puede resultar tan sencilla operación, porque la aprendimos desde niños de manera natural. De hecho, esta dificultad se puede observar cuando la lengua se establece en otras regiones. Como el caso del español en Latinoamérica, donde son habituales “errores” en la utilización del género como por ejemplo la frase: “Se echa el harina en el sartén”.

En inglés hay un único artículo determinado para los tres géneros que también sirve para los plurales.  Así de simple. Es cierto que, como cualquier otra lengua, tiene sus particularidades, y no todo es un jardín de rosas, como por ejemplo, el hecho de que existan casi tantas excepciones como normas a la hora de pronunciar correctamente una palabra. Pero, la simplificación en las construcciones gramaticales es sin duda, una de las principales virtudes, para mi gusto, de la lengua inglesa. Sirva también de ejemplo, el hecho de que no distingan entre “tú” y “vosotros”. En inglés es simplemente you.

Otra característica que me parece muy interesante del inglés, es la cantidad de verbos y substantivos onomatopéyicos que utilizan. Por ejemplo, clang, es el sonido resonante que se produce cuando un metal colisiona con una superficie determinada, como otro metal.  Y sizzle, es el sonido que se produce cuando, por ejemplo, el bacon empieza a retorcerse en el pan.

Y, por último, mi favorita, que consiste en que casi cualquier nueva palabra (aunque sea un nombre propio) es susceptible de convertirse en un verbo de pleno derecho. Are you googling my article?

 

Menos es Más

Las aguas están revueltas. Hay empresas que desaparecen porque no tienen unos cimientos sólidos. Otras porque están especializadas en un producto o servicio cuyo ciclo de vida ha concluido. Otras, porque recortan tanto los gastos variables que terminan frenando la actividad de la empresa. Y, bueno, casos de todo tipo, claro. Pero, lógicamente también los hay audaces que saben moverse con convicción y emerger, o fortalecer su posición, en el mercado. ¿Qué cómo es posible qué unos lo vean tan claro y otros no sean capaces de diferenciar el trigo de la paja? Quizás, porque hay demasiados elementos que nos distraen de lo realmente importante. Quizás, porque nos hemos acostumbrado a hacer las cosas de una manera y ahora formamos parte del problema. Porque carecemos de la perspectiva necesaria para ver que nos estamos equivocando. A veces, las cosas no son tan complicadas si sabemos ceñirnos a lo que es fundamental. 
Me gustaría contar una anécdota personal como ejemplo para ilustrar lo que escribo.
Como parte de mis estudios empresariales tuve la enriquecedora experiencia de estudiar durante 2 meses de verano en un campus universitario del estado de Nueva York. Allí tuve la suerte de tener a un profesor de Business Communication sensacional. Cuando este hombre hablaba se producía una auténtica y completa interacción entre él y cada uno de nosotros (o al menos eso pensé yo). Era sorprendente ver la misma preocupación en el contenido en sí, que en que el mismo fuera recibido y asentido por los estudiantes. Y cuando se truncaba la comunicación, él se detenía hasta que la misma era restablecida. El segundo día de clase recuerdo que dos compañeros empezaron a hablar en voz baja y nuestro profesor de comunicación empezó a rodar por el suelo recuperando rápidamente la atención de todos y cortando de raíz la conversación de los compañeros. Eso era interactividad es estado puro.
Ese mismo profesor nos encargo un trabajo de síntesis periodística. Debíamos resumir al máximo los principales puntos de un tema de nuestro interés que encontráramos en un artículo de periódico. A mí me pareció captar a la perfección lo que había escuchado en clase. Sin embargo, a la semana siguiente cuando mis compañeros empezaron a dejar los trabajos encuadernados encima de la mesa del profesor, mis constantes vitales se alteraron considerablemente. 
Yo había ido a clase con un trozo de periódico recortado aproximadamente de un tamaño A5, sobre el que había hecho algunas anotaciones. Es decir mi pedacito de periódico con anotaciones manuales era mi trabajo. Tras analizar la situación vi que no tenía otra alternativa mejor, y decidí presentar lo que tenía. Debido a mis dudas fui el último en colocar mi trabajo, aunque no lo coloqué encima del resto de mis compañeros, si no entremedio de éstos. Así es que… ya estaba hecho. No había vuelta atrás. 
Cuando el profesor pronunció, como pudo, mi nombre, creo que resbalé mi trasero sobre la silla quedando casi oculto a su alcance visual. Pero, la sorpresa, fue que cuando el profesor anunció mi nota: “A+”. Fue la nota más alta de la clase (y la más alta según su sistema de puntuación). Y, en realidad, lo único que había hecho era escuchar y entender al profesor. Me pareció tan simple y tan gratificante. Toda la ecuación era esa. Menos es Más. 

Resistencia al cambio

Esta semana escuché en la radio que los valencianos nos encontramos entre los españoles menos dispuestos a cambiar de residencia. Esto me hizo reflexionar sobre lo que mueve al hombre y sus necesidades vitales. Me hizo pensar en si el hombre sedentario lo es de manera natural o lucha contra sus instintos. ¿No es  el camino lógico del ser humano ser nómada, como ya lo eran nuestros antepasados más lejanos? ¿No es algo que, en definitiva, determinan las circunstancias?
La vida es un proceso de cambios constantes, algo vivo se mueve, cambia, y, cuando hay un problema, una señal de alerta, en definitiva una situación de crisis, hay que moverse más, y probablemente de una manera diferente.

Pero adaptarnos a las nuevas circunstancias siempre implica renunciar a algo, y esa es la parte dolorosa. Esa inseguridad, ese sentimiento de pérdida, y en ocasiones, la idealización del pasado, nos impulsan a resistirnos al cambio.

Un cambio que se puede afrontar mejor si se hace con una actitud pragmática. Y ante el que sólo caben tres acciones posibles y consecutivas: reflexión, decisión y acción.

La reflexión es ese proceso de pensamiento sistémico o analítico en el que hacemos un balance previo para razonar la posterior toma de decisiones. Es recomendable analizar por escrito y de manera organizada las ideas para ayudarnos a tomar la decisión más conveniente. Se puede utilizar, por ejemplo, el análisis DAFO (SWOT en inglés). Este análisis consiste básicamente en la realización de un listado organizado en 4 bloques en el que colocaremos las Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades. De esta forma, podemos, una vez este completo el cuadro, centrarnos en el esquema en el que hemos simplificado los puntos más importantes, en lugar de tener las ideas vagando por nuestra cabeza.  
La decisión, en realidad, no es más que un puente entra la reflexión y la acción. Es el título del relato que queremos contar, tras haber analizado sobre qué queremos escribir y cómo vamos a hacerlo. Y la acción es el desarrollo de ese proceso de escritura. Es decir la puesta en marcha de nuestra decisión.

Teoría de las Expectativas

Hace ya algún tiempo, que mi pasión por el cine me hizo reflexionar y llegar a la conclusión, de que existe una relación directa entre las expectativas y el grado de satisfacción. Una relación no necesariamente proporcional, pero sí inversa. De manera que, siguiendo con el tema del cine, cuando escuchaba críticas duras y verosímiles sobre una película, y por tanto, ya no esperaba gran cosa de la misma, con frecuencia, y sin ser apenas consciente de ello, podía terminar apreciando ese rato de “descomplicado” entretenimiento. En cambio, cuando las expectativas son muy elevadas, el grado de análisis suele tener poca compasión con los creadores, a no ser que se trate prácticamente de una obra maestra. Por supuesto, el grado de exigencia de cada uno es diferente, como también lo es el de uno mismo según el momento en el que se encuentre.

Esto es lo que me lleva a pensar, porque nuestros amigos animales (caninos, equinos y demás), los llamados “irracionales”, no parecen hacerse preguntas y se empeñan en vivir el presente. Sin duda, llevan una vida sencilla, y les trae sin cuidado si es Zapatero o Pajín quien se presente a las próximas elecciones. No hay duda, los animales viven el momento. Quizás, porque no exista nada por encima de las necesidades básicas (dijera lo que dijese Maslow). Quizás todas las necesidades que no sean primarias, no sean necesarias… y si lo son, no estén en un plano superior.

 

El hábito hace al monje

Ya sé que el refrán original “El hábito no hace al monje” expresa la negación de este hecho, basándose en la idea de que ponerse un disfraz no nos convierte en héroes. Pero, si nos ponemos ese disfraz día tras día y actuamos como héroes, porque pensamos que podemos serlo, es probable que terminemos actuando heroicamente (si no acabamos antes en un manicomio).

Todo este razonamiento tiene sentido en el comienzo de este año 2011. Un momento en el que la cultura de lo fácil y del derroche ya no tienen cabida para lograr éxito o simplemente sobrevivir.

Hay que luchar, trabajar, poner atención en los detalles, cuidar nuestros trabajos como si fueran recién nacidos. El esfuerzo es esencial en esta época de crisis.

Crisis que depura después de los excesos, como algunas hierbas purgan el organismo después de una indigestión. La crisis no es un mal en si mismo, como no lo es el dolor. Ambas cosas son una alerta ante la que cabe reaccionar.

Por tanto, las buenas noticias son que una crisis es también un momento de oportunidad. Un terreno sobre el que sembrar. Un momento para pensar, y un espacio para aquellos que están dispuestos a reaccionar con constancia, esfuerzo y sacrificio.