Conducir un Ferrari

Desde niños nos sentimos atraídos por las máquinas. No me preguntéis porqué, pero es cierto. Hace pocos meses veía como el hijo de un amigo con apenas un añito ya tenía desarrollado un sorprendente sentido para localizar cuantas motocicletas se encontraban en su camino. Cuando yo era pequeño, existían como ahora varias categorías y tipos de coches, pero en realidad eran los deportivos los que más llamaban la atención de pequeños y bajitos. Ferrari, en concreto, era una de esas rara avis que si tenías la oportunidad de ver estacionado, le devolvías el favor a su “piloto” con una generosa sonrisa y un recorrido de 360º alrededor del mencionado deportivo rojo. Esta firma de automóviles, representaba mucho más que un medio de transporte. Era un símbolo, un estatus, en definitiva… un deseo.

Los placeres en el contexto de la sociedad de consumo no son los mismos que en otras sociedades que no participan de sus mismos valores (poder, riqueza, juventud, calidad de vida, etc.). Pero el hecho de que no sean los mismos, no quiere decir que no disfrutemos también de los placeres de esas sociedades menos “avanzadas”. Pues, lo queremos todo, todito, todo. Esto ya lo explicó con bastante acierto, y de manera gráfica, el señor Maslow. Primero se cumplen las necesidades básicas y después se van cubriendo necesidades hasta llegar a las de autorealización,  mientras los publicistas gays se van inventando otras.

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